
Los días de Andrés se arrastraban, un suspiro espeso entre el humo y el silencio. Pero hoy, el bosque tenía otros planes.
“¡Andrés! El cielo clama. Dios te ha elegido. ¡Levántate! ¡Lucha!”


Los días de Andrés se arrastraban, un suspiro espeso entre el humo y el silencio. Pero hoy, el bosque tenía otros planes.
“¡Andrés! El cielo clama. Dios te ha elegido. ¡Levántate! ¡Lucha!”

El miedo era una descarga eléctrica, cortando la apatía. El mundo no iba a esperar.
“ANDRÉS: ¡No! ¡Yo no puedo! ¡Esto es una locura! ¡Déjame morir en paz! KOA: El tiempo de la paz, si alguna vez existió, ha terminado. La oscuridad no perdona la inacción. KOA: ¡Siente la corrupción! ¡Su aliento en tu cuello! ¡Esta es la guerra que se te exige! KOA: ¡El mal no espera por tu decisión! ¡Ahora! ¡Lucha, Andrés, o todo caerá!”

El terror lo sacudió. No había escapatoria.
“ANDRÉS: ¡No... no puede ser! KOA: ¡Responde! ¡Enfréntalo, Andrés! ANDRÉS: ¡No tengo nada! ¡Soy solo yo! KOA: ¡Elige tu arma! ¡Tu voluntad es la llama! CRIATURA: ¡Cae!”

El terror se hizo fuerza.
“ANDRÉS: ¡TOMA ESTO!”

La victoria se deshizo, una ilusión fugaz. El mal no sangraba.
“ANDRÉS: ¿¡Qué...!? ¡No! CRIATURA: ¡MUEERE!”

El resplandor divino no era una cura, solo un respiro. La verdadera amenaza emergió.
“¡RETROCEDE, MALICIA! ANDRÉS: (Jadeando) ¿¡Qué demonios...!? KOA: ¡Un abismo se abre! ¡La raíz misma!”
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